Yo sí puedo, es una iniciativa cubana para aprender a leer, nos dice la camagüeyana Leonela Inés Relys Díaz

Después de colaborar con la alfabetización radial en Haití, la camagüeyana Leonela Inés Relys Díaz creó, a petición del líder de la Revolución cubana, Fidel Castro, la cartilla Yo sí puedo. La luz de las letras llega a partir de entonces a varios países.

La artífice del método de alfabetización Yo sí puedo regresó a su ciudad natal después de diecisiete años de ausencia, para celebrar junto a los suyos el aniversario 495 de la Villa.

“Siento un orgullo muy sano, pero orgullo al fin y al cabo, de ser camagüeyana”, nos comentó.

Leonela Inés Relys Díaz nació el 20 de abril de 1947 y comenzó su larga carrera pedagógica con aquella gesta alfabetizadora por llanos y montañas en 1961. Un año después continuó su vocación de enseñar en la escuela Antón Seminovich Makarenko, de la capital, con la combinación de la parte práctica, al desempeñarse como maestra en la escuela para domésticas América Lavadí, de Guanabacoa.

Hoy sigue como la “profe” de siempre; funge como asesora académica del Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño (IPLAC); como miles de cubanas espera el ómnibus P-11 y hace compras en el agro, a pesar de que su cartilla, donde se combinan números y letras ya prácticamente recorrió el mundo.

Después de la experiencia radial de Haití y de ensayar con éxito las teleclases del Yo sí puedo en Venezuela, las ansias por abandonar la ignorancia se trasladaron a los sectores más humildes de Bolivia, Nicaragua, Timor Leste, Argentina, Ecuador, México, El Salvador, Guatemala, Perú, República Dominicana, Uruguay, Colombia, Nigeria, Guinea Bissau, Mozambique, Sudáfrica, Nueva Zelanda y Saint Kitts y Nevis, entre las 30 naciones donde se ejecuta.

El próximo proyecto la llevará a Panamá y Paraguay, y solicitan también su puesta en marcha en la vieja Europa; la alcaldía andaluza de Sevilla piensa poner en práctica el método, pues paradójicamente en la nación que castellanizó al Continente americano existen millones de iletrados. Ni la propia Leonela imaginó tal impacto.

—Cuéntenos cómo marcha el Yo sí puedo en el mundo.

—Primero que todo soy maestra y recientemente obtuve el grado de Doctora en Ciencias Pedagógicas, algo que significó una de mis mayores satisfacciones, gracias al desarrollo de nuestro proceso revolucionario. Creo que una camagüeyana como yo, de origen humilde, no hubiera podido lograrlo si no es por el triunfo revolucionario de 1959.

“Tuvimos un compromiso muy fuerte. Trabajamos intensamente desde 1999 por la alfabetización radial y después, a partir de la idea del compañero Fidel, tratamos de hacerlo realidad por televisión.

“Comenzó en el 2001, y en el 2003 pusimos en práctica en Venezuela los 17 vídeos contentivos de las 65 teleclases, junto a la cartilla y a la capacitación del facilitador. Empezamos a fundamentar el método a partir de un estudio minucioso de las particularidades de cada región y a contextualizarlo en idioma español. Además, lo hicimos al inglés, al portugués, a lenguas autóctonas como el quechua, el aymará, el creole, de Haití; todavía no hemos logrado grabarlo en el guaraní ni en el tétum, un dialecto muy difícil de Timor Leste”.

—En alguna ocasión usted declaró que el Yo sí puedo nació a la luz de un farol y también con uno usted alfabetizó en Cuba. ¿Puede haber una coincidencia histórica en esta curiosidad?

—Fue un farol diferente. En el ‘61 fui alfabetizadora y resultó una extraordinaria epopeya, donde jóvenes y adultos se volcaron a esa misión. Cada alfabetizador atendía a dos iletrados, por eso fue presencial. Tuve la suerte que me tocaran cosas lindas, porque en 1999 me asignaron la tarea de ir a Haití a preparar la alfabetización por radio, y no teníamos experiencia. Tuvimos que aprender creole para hacernos creíbles, ese fue el primer reto, y el segundo, conocer sus costumbres, su música y su religiosidad.

“En los dos años alfabetizamos a 150 000 personas y capacitamos a 10 000 monitores. Viajé a Cuba en el 2001 y el Comandante en Jefe nos sugiere hacer una cartilla muy pequeña de 4 ó 5 páginas para alfabetizar por televisión. Me dijo: ‘Vamos a alfabetizar al mundo y económicamente se requiere de algo pequeño’. Ese fue el tercer reto: de presencial a radio y después a la televisión. ¿Cómo lo hicimos?

“Comandante, recuerde que estoy en Haití, le dije. Él me respondió: ‘No importa, tómate tu tiempo’. Por supuesto, que Fidel te diga algo así significa que no dejes de pensar en el proyecto. ¿Cómo lograrlo?

“Haití tiene casi alumbrones y no apagones; en mi habitación tenía un pequeño candil de mecha y comencé a leerme Platero y yo y allí me surgió la idea de organizar el alfabeto de acuerdo con las veces que se repetían las letras y organicé los fonemas. Me lo regalé el 20 de abril, el día de mi cumpleaños y pasamos la cartilla sin opinión ni criterio. Regresé a Cuba con una doble fractura de tobillo, y en octubre de ese mismo año nos llaman para presentar el plan”.

—¿Cómo apoyan las diferentes naciones este proyecto?

—Todo depende de los componentes de la sociedad, tanto en la unidad de la voluntad nacional con la internacional. La campaña en Venezuela la hicimos cubanos y venezolanos; al transitar a Bolivia la integramos cubanos, venezolanos y bolivianos; y en Nicaragua, todos juntos. Paraguay quiere hacer lo mismo y sin darnos cuenta fomentamos algo aparejado, que es la solidaridad y la integración de nuestros pueblos, mayoritariamente hispanohablantes.

“Los ministerios que asimilen este programa permitirán que se lleve bien lejos, pero siempre se hace necesario que las autoridades presten su apoyo, en algunos casos cuentan con las organizaciones no gubernamentales o religiosas; sin embargo, los verdaderos protagonistas son los colaboradores y los participantes, así llamamos a los analfabetos para eliminar la carga peyorativa que lleva en sí esa palabra.

“A veces no sabemos qué es el analfabetismo. Es un fenómeno social y una deformación, porque inciden varios factores como los geográficos, los étnicos, los religiosos y los políticos. Siempre digo que hay que valorarlo en su heterogeneidad.

“El analfabetismo de Nueva Zelanda no es el de Nicaragua, ni el de Bolivia ni el de Venezuela, porque el carácter del desconocimiento no es uniforme. Es difícil hallar programas y métodos sin inmiscuirnos en las costumbres de esos pueblos, máxime cuando trasladamos al Yo sí puedo de un país socialista a capitalistas.

“El programa se basa en tres principios. El primero es la solidaridad intelectual, no lo hacemos solos sino con especialistas de cada país; el segundo, la solidaridad ética y el respeto a las costumbres; y el tercero, la perseverancia y el amor”.

—¿Cuál es el secreto de la efectividad? —Hay muchos. Uno está en el método mismo, que el analfabeto vea que en verdad él sí sabe porque reconoce los números. De esta manera, el que no sabe dice ¡Pero qué fácil es esto! Entonces aumenta su autoestima y confianza; el otro es que el programa está cargado de amor, de energía y de mensajes de seguridad, por eso se llama Yo sí puedo: el Yo tiene carácter personológico, por eso hasta el alcalde tiene que saber que si él se ocupa puede hacerlo. Sí es el optimismo y el puedo significa la voluntad. Siento mucha alegría porque más de tres millones de personas ya aprendieron a leer y a escribir con la posibilidad de transitar de la alfabetización a la educación básica.

“Lo más bonito es lograr la incorporación de las mujeres, que por su condición son discriminadas doblemente. Más del 64% de las féminas de América Latina, dentro de los millones de analfabetos del Continente, no saben leer ni escribir; entonces también hay intencionalidad de género en la alfabetización. Si una mujer tiene cultura, sus hijos serán sus seguidores y por tanto letrados”.

—Al principio los escépticos pusieron en duda los resultados por el mero hecho de crearse la cartilla en Cuba. ¿Yo sí puedo es el mejor antídoto contra el analfabetismo?

—Exacto. Esa barrera está y la hemos saltado. La UNESCO lo ha premiado porque ninguno de los programas alfabetizadores, de los que hay muchos y muy buenos, tuvo este resultado en tan corto plazo, de forma tan efectiva y ninguno de ellos sirvió de un país a otro. No creo que la UNESCO lo reconozca como el mejor método, lo que sucede es que se ha impuesto. Tiene tres premios: en el 2002, la mención Rey Senjong por la alfabetización en lengua creole; en el 2003, otra vez la mención honorífica Rey Senjong por el uso de los medios audiovisuales; y en el 2006, el reconocimiento de la UNESCO. No es fácil porque tenemos que pensar también que es un método cubano y existe un bloqueo que no cesa de agredir a la Isla por los medios de comunicación.

“La cartilla permite moverte en la variedad de normas lingüísticas que hay en los países; cambias una figurita y sigue como si fuera original del país. En Nicaragua, Bolivia y Argentina hay muchas normas lingüísticas y palabras simples que tienen un significado diferente, por eso los guiones se contextualizan, se adecuan y se graban con los mismos personajes, aunque con diferentes actores y se le adicionan las músicas típicas.

“Por ejemplo, en portugués no existe el nombre Bienvenido, así que se le sustituye por Aparecido, personaje que cumple la misma función de dar una información y desaparecer. Los aymaras tienen una cosmovisión diferente, porque ven el mundo contrario a las manecillas del reloj; entonces debemos cambiar el orden de los números de la cartilla. De esta forma se grabó el Yo sí puedo 18 veces en cinco años”.

Sólo valdría agregar el dato de que con la aplicación del sistema, se puede alfabetizar a una persona en siete semanas, y así se lograría erradicar este mal de la tierra con alrededor de la tercera parte del fondo de la UNESCO para estos fines; no obstante, a Leonela no le importa la fama, ni siquiera la posteridad, sólo la sonrisa de aquellos que domestican un lápiz y le dan gracias porque, como expresó Ernesto Che Guevara: Un pueblo que no sabe leer ni escribir, es un pueblo fácil de engañar.

“Soy dialéctica y sé que las obras no son perfectas, por eso quiero entregarla a quienes la amen igual que yo, así que no siento límites. Lo importante no es el nombre propio, sino la obra que cada cual deja”.

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